miércoles, 22 de mayo de 2013


                                                 
      ¡ESTOY HARTO!

Desde que tengo consciencia, sé que la belleza está en mí. Lo fui descubriendo a medida que mi cuerpo fue tomando forma. Crecí entre caricias, bullicio, amor y perfección a mi lado. Yo era feliz.

Ahora vivo solo, encerrado en una habitación  a la que no llegan las risas, ni los llantos, ni el sonido de la lluvia, ni el viento. Sólo a determinadas horas, viene gente a verme, pero no me tocan y su voz es sólo un susurro.

Estoy cansado y solo. Esta noche, cuando todos duerman, separaré mis pies del mármol en que reposan y cogeré mi honda. Y yo, el David de Miguel Ángel, me perderé por el mundo buscando besos y caricias.

 

miércoles, 15 de mayo de 2013




LA FIEBRE DEL ORO

Del cielo caen compromisos de amor en forma de anillos, pulseras con amuletos robadas a sus dueñas, vírgenes y crucifijos que adornaron cuellos de personas perdidas, relojes que señalaron horas importantes de la vida de desconocidos. Todos tienen en común el ser de oro, el metal que conduce a los sueños.

Las manos de los transeuntes se elevan para recogerlos, con un afán de posesión que les lleva a atacar al que tienen al  lado. Creen que les pertenecen sólo por haberlos visto.

Dos niños de 4 y 2 años, ríen inocentes desde una terraza, lanzando a la calle lo que han encontrado en una bolsa en su casa.

Su padre, de profesión ladrón, duerme plácidamente la siesta.

jueves, 9 de mayo de 2013



¡PERO QUE CONTENTO ESTOY!


¡No todo está perdido! se repetía mientras cerraba la maleta. Salió de la casa, cogió el coche y comenzó su viaje. Volvía al campo, al sitio dónde nació y pasó su adolescencia. La vida a veces, no responde a nuestras expectativas y entonces, es mejor cambiar el destino.

Los árboles, las montañas, le dieron la bienvenida de una manera cálida y sosegada. Conforme consumía km, sus angustias y sus miedos se fueron quedando atrás. Un indicador señalaba un pueblo: “Pontones. Nacimiento del  Rio Segura”. Cambió su rumbo y se dirigió allí.

El olor a pan y a dulces del pueblo le devolvió su niñez. Compró tortas de anís y piropeó a la vendedora, que con una sonrisa le dijo:

-Gracias. Pero vos sois…un poco malote.

Él le devolvió la sonrisa y se comió una torta, deleitándose con el sabor del ajonjolí que crujía en su boca. El camino le esperaba y fue a su encuentro, y el silencio le abrazó con dulzura. Un campo de flores silvestres le regaló olores y colores que colmaron de ilusión su corazón. Aceleró el paso para encontrarse con el Segura, que bajaba convertido en un torrente y le saludaba con el tintinar del agua.

Se sintió niño de nuevo y comenzó a correr, corría contra el tiempo para recuperar…no sabía qué. Llegó jadeante al nacimiento del rio y descubrió que lo estaba esperando, a él, sólo a él. Se sentó a contemplar el estanque, su contorno redondeado, su agua transparente. Como nadie le veía, le dio un beso lábil al árbol que lo cobijaba. Cuando se miró hacia dentro, descubrió que ya no era el mismo.

Se quedó mirando el estanque. Su forma le recordaba a una placenta humana, que le invitaba  a meterse en ella. Vio como salían burbujas del fondo y provocaban un inapreciable oleaje. Un cartel decía: “Prohibido bañarse”.

Miró hacia todos lados. No había nadie. Sus ojos se volvieron chispeantes, sus manos parecían tirillas que corrían de un lado a otro. El rio, zalamero, le llamaba.

Olvidó el cartel y desnudo, se sumergió en el agua.

miércoles, 27 de marzo de 2013



 EL PENDIENTE
La quietud de la tarde se vio rota por la tormenta y un trueno retumbó en toda la casa. La voz de su mujer inundó el salón.  Él la miró con desconcierto, no comprendía nada. Le mostraba una y otra vez su mano cerrada. Ante su asombro la abrió y en ella apareció un pendiente.  Uno sólo, huérfano y perdido en la mano de una mujer que no era su dueña.

Él lo había buscado, pero ella fue quien lo encontró. Permaneció callado porque no había espacio para sus palabras. De la boca de su compañera salían acusaciones de engaño, infidelidad, ruptura. Todas cargadas con la fuerza de la ira.

Quiso explicárselo, pero su voz se quedó a la puerta de sus labios. Descorazonado buscó en los ojos de ella algo que no fuera odio. Esperó encontrar una lagrima de dolor, pero las lagrimas aparecieron en los suyos, los de ella estaban secos. Buscó en su mirada la grieta que abre encontrarse con el desamor, pero fue su corazón el que se desgarró al no ver ningún rastro de cariño.

No supo cómo, pero el pendiente estaba en su mano. Hacía rato que la voz de su mujer pasaba a su lado y no lo rozaba. Su mente imaginaba la escena en la que una mujer sin rostro le besaba, le acariciaba hasta volverlo loco…en el pequeño espacio de un coche.

Las palabras callaron y llegó el silencio. Ella esperaba una explicación. No le contestó.  Se levantó despacio con el pendiente apretado en su mano y el frio en su interior. Camino del trabajo llovía, la luz se durmió en los brazos de las nubes, igual que aquella tarde cuando su amiga subió al coche y perdió el pendiente.

Ella no tenía paraguas y él, sólo la había acercado a su casa.

miércoles, 13 de marzo de 2013




CORAZÓN CON ABRE-FÁCIL

Se dejó abrazar por la calidez del agua que la limpiaba de los restos del sueño. Sólo cuando secaba su cuerpo fue cuando descubrió que encima de su corazón, en su pecho, había una herida. Sorprendida, soltó la toalla y miró dentro. Allí, sobre su corazón, había un abre fácil.

Según decían, ese era el lugar donde se guardaba todo lo que uno había vivido. Abrió con cuidado y observó. Un mundo de colores y sonidos apagados apareció ante ella. Intentó sacarlos para recuperar su vida, pero sus dedos eran demasiado grandes.

 Impulsada por una fuerza desconocida comenzó a bailar y una nube de colores empezó a salir de ella, inundando todo de luz.  Esa mezcla de  reflejos se transformó en una canción, dónde las palabras olvidadas, los anhelos ocultos, los fracasos perdidos, los sonidos de la vida, los sueños, la rodeaban y la abrazaban con ternura.

Todo lo vivió de nuevo. Su cuerpo recuperó caricias, sufrimientos viejos, te quieros olvidados, luces, sombras, lluvia, viento. Tuvo miedo de perderlo todo, así que bailando de nuevo, la nube recobró su lugar primero, y ella lo selló con un beso.

jueves, 28 de febrero de 2013







 
Mañana me marchare mirándote. Mis ojos en los tuyos fijos hasta que la distancia nos separe.
 Quien me observe, descubrirá una mirada ausente, penetrante, pero no sabrá los motivos que la provocan.
Sólo tú entenderás todo lo que mi boca calla y en mis ojos leerás lo que en mi corazón has despertado.

Mis palabras liberaran tus silencios. Tus silencios serenarán mi voz.
 Y un halo invisible nos unirá para siempre, aunque sea mañana el último día que nuestras miradas hablen de amor.

domingo, 10 de febrero de 2013


¡AY QUÉ OLOR TAN RICO!

¡Ay qué olor tan rico! La frase resonó en sus oídos llena de música. El olor a bizcocho recién hecho impregnó toda la vivienda, dándole un aroma a bienvenida, a reunión de amigos alrededor de la mesa, a desayuno de familia, a hogar acogedor.

            El eco de la voz varonil seguía resonando en su cabeza. Hacía varios meses que no se ponía a cocinar. La última vez que lo hizo, al escuchar su voz, salió huyendo de la casa. Ahora se reía de ella misma, de su cobardía, de no haber entendido nada en aquella ocasión. Su risa se unió a las lagrimas que se deslizaban despacio por sus mejillas, haciendo con las dos  una metáfora de la vida. Llorar, reír. Sollozar, sonreír. Odiar, amar. Vivir, morir. Alternancia entre lo soñado y la realidad, entre sus anhelos y sus conquistas, entre sus sueños y la dificultad de vivir.

            Ella era…como su bizcocho. Amasada con los ingredientes de su existencia, para luego dejarse comer. Y poder escuchar esa frase que contenía toda la ternura, todo el amor, todo lo que le hacía sentirse viva, en la voz de aquel a quien amaba: ¡Ay qué olor tan rico! Por él había cocinado hoy, por él estaba poniendo en la mesa dos tazas, dos cucharillas, el café, la leche, la sacarina, dos platos, dos servilletas, dos sillas y su bizcocho.

            Se sentó ante la silla vacía. Cortó un trozo de bizcocho y comenzó a paladearlo. No ocurrió nada. El silencio seguía inundando toda la casa. Triste y decepcionada, decidió acostarse. Apagó la luz. Cerró los ojos y quiso convencerse de que su mente le había vuelto a jugar una mala pasada.

            Sintió su corazón quebrarse por el dolor. Unos pasos familiares la pusieron en alerta de nuevo. No había nadie en el piso aparte de ella. Se levantó y se fue hacia el salón. Mientras abría despacio la puerta, su mente le recordaba que cuando uno se muere, no vuelve y menos para alabar su bizcocho. No la escuchó. Y allí, encima de la mesa, descubrió un trozo de bizcocho delante de la silla que ella le había preparado.