jueves, 4 de julio de 2013

MI DECARACION DE INDEPENDENCIA

 


Tantas noches de insomnio le habían servido para hacer balance de su vida. Descubrió cosas que no le gustaban, otras que la habían hecho feliz. Llegó a la conclusión, que una parte de su existencia había vivido a través de otros, y eso le molestó.

Así que dedicó las noches, en las que el tiempo parecía detenerse, en redactar su declaración de independencia. Comenzaba así:

Mañana, regalaré sonrisas a quien quiera recibirlas.

Mañana, jugaré con los niños y escucharé a los ancianos, aprendiendo de la inocencia y de la sabiduría que dan los años.

Mañana, dejaré que la lluvia empape mi cuerpo, y la sentiré como un regalo.

Mañana, olvidaré los nombres y los rostros de los que tratan de manipularme con palabras falsas, amores egoístas y promesas incumplidas.

Mañana, comeré helados, chocolate, dulces, sin preocuparme por las calorías.

Mañana, bailaré y cantaré, aunque lo haga mal, porque no soy perfecta y así me gusto, así me quiero.

Mañana, sólo mañana, haré todo lo que me han prohibido para sentirme viva.

Mañana…es hoy. Así que comienzo a vivir y a ser feliz.

Firmó y le puso fecha. Se levantó despacio y se marchó en busca del sol, al que le faltaban pocas horas para salir.

Un hombre lee una carta al lado de una cama vacía. Sonríe y llora mientras cierra la puerta de la habitación destinada a enfermos mentales.

jueves, 13 de junio de 2013

SECRETOS QUE NO ME LLEVERÉ A LA TUMBA



Los cuatro hombres se acomodaron en la estancia para poder escuchar a sus esposas y que nada delatara su presencia. Una mesa, preparada con esmero, esperaba pacientemente la llegada de cinco mujeres.
Su entrada llenó el aire de perfumes, inundando toda la casa de un olor penetrante. Lucían sus mejores galas, escaparates vivientes de perlas que las abrazaban, pulseras de oro a las que les faltaban brazos, anillos que cubrían sus manos, pendientes que parecían caer por exceso de peso. Estaban nerviosas, con 75 años a sus espaldas y dispuestas a compartir sus secretos, esos que no querían llevarse a la tumba.
Secretos que llevan clavados en un rincón oculto de su corazón, que duelen y que cada poco tiempo intentan salir, y que a duras penas son capaces de acallar con palabras, llantos, sentimientos de culpa, de dolor, de angustia. Secretos que hacen daño y que sólo al lanzarlos al viento las dejarían en paz.
María fue la primera en tomar la palabra:
-Yo no fui virgen al matrimonio. Antes que con mi marido me acosté con otro. Él nunca lo supo, creyó que era el primero y el único. ¡Todavía me acuerdo de lo que me hizo sentir el otro!
Antonia comenzó a hablar rápidamente, sin dejar tiempo a que la sorpresa desatara la lengua de las demás:
-Yo me acosté con el cura del pueblo estando casada. Entre reuniones y oraciones hubo tiempo para todo. Mi tercer hijo no es de mi marido, es de él. Nadie lo sabe.
Carmen cogió la vez rápidamente:
-Yo le robaba a mi suegra. Vivía con nosotros y parte de la paga me la quedaba. Con ese dinero me compre todas las joyas que llevo puestas.
Josefa continuó, tras un carraspeo:
-Yo fingí ser feliz en mi matrimonio. Pero yo no lo quería. La lectura fue mi salvación, yo fui la protagonista de todas las historias que leí. Solo entonces era feliz.
Ana, la anfitriona, las miraba perpleja. Nunca creyó que fueran capaces de ser tan sinceras. Ahora era su turno:
-Ya sabéis que soy soltera, pero en mi juventud tuve dos abortos provocados y una hija que deje en el torno de un convento. No sé nada de ella. Quería vivir sola.
Cuando las mujeres acabaron de hablar, los hombres que habían permanecidos callados, se miraron perplejos. No daban crédito a lo que habían oído. La ira, la venganza y la desesperación brotaban de sus corazones. Un brindis acompañado de risas acapararon las miradas de sus maridos.
Uno de ellos dijo: ¿Qué podemos hacer?
Los otros tres le respondieron: Nada. ¿Se te ha olvidado que estamos muertos?


 

 


 

miércoles, 29 de mayo de 2013

CIUDADES DE UTOPÍA




CIUDADES DE UTOPÍA

 
La mujer que vivía dentro de ella no la dejaba tranquila. Le pedía sin cesar un cambio en su vida y decidió escucharla.
 Ilusionada miraba una y otra vez las propuestas de la inmobiliaria. Ante ella estaban las nuevas urbanizaciones, que con vistas de futuro se habían creado. La oferta era apetecible. Un ramo de margaritas para sus vecinos y con eso ya tenía derecho  a una vivienda unifamiliar. Siete urbanizaciones con los nombres de los días de la semana.
Domingo. Todo estaba lleno de bares, iglesias, familia.  No había trabajo.
Sábado. Compras, salidas al campo, sinagogas.
Viernes. Se acabó el trabajo, hay mezquitas, amigos y botellones.
Jueves. Día de ilusiones, de lectura, abundaban los libros.
Miércoles. Serenidad y películas en las salas de cine.
Martes. Ilusión, escapadas  a tomar un café.
Lunes. Encuentro con los compañeros, una semana para llenar de vida.
Difícil decisión. Se miró hacia dentro buscando lo mejor para su espíritu. Una de las urbanizaciones le llamó la atención especialmente. Era luminosa, alegre, con conexión a internet, con gente de distintos lugares.
 Unos amigos le habían hablado muy bien de ella y ya vivían allí.
Consultó con su otra yo. Estaba de acuerdo con ella.
Compró muchos ramos de margaritas, y decidió hacerse “juevera”.

miércoles, 22 de mayo de 2013


                                                 
      ¡ESTOY HARTO!

Desde que tengo consciencia, sé que la belleza está en mí. Lo fui descubriendo a medida que mi cuerpo fue tomando forma. Crecí entre caricias, bullicio, amor y perfección a mi lado. Yo era feliz.

Ahora vivo solo, encerrado en una habitación  a la que no llegan las risas, ni los llantos, ni el sonido de la lluvia, ni el viento. Sólo a determinadas horas, viene gente a verme, pero no me tocan y su voz es sólo un susurro.

Estoy cansado y solo. Esta noche, cuando todos duerman, separaré mis pies del mármol en que reposan y cogeré mi honda. Y yo, el David de Miguel Ángel, me perderé por el mundo buscando besos y caricias.

 

miércoles, 15 de mayo de 2013




LA FIEBRE DEL ORO

Del cielo caen compromisos de amor en forma de anillos, pulseras con amuletos robadas a sus dueñas, vírgenes y crucifijos que adornaron cuellos de personas perdidas, relojes que señalaron horas importantes de la vida de desconocidos. Todos tienen en común el ser de oro, el metal que conduce a los sueños.

Las manos de los transeuntes se elevan para recogerlos, con un afán de posesión que les lleva a atacar al que tienen al  lado. Creen que les pertenecen sólo por haberlos visto.

Dos niños de 4 y 2 años, ríen inocentes desde una terraza, lanzando a la calle lo que han encontrado en una bolsa en su casa.

Su padre, de profesión ladrón, duerme plácidamente la siesta.

jueves, 9 de mayo de 2013



¡PERO QUE CONTENTO ESTOY!


¡No todo está perdido! se repetía mientras cerraba la maleta. Salió de la casa, cogió el coche y comenzó su viaje. Volvía al campo, al sitio dónde nació y pasó su adolescencia. La vida a veces, no responde a nuestras expectativas y entonces, es mejor cambiar el destino.

Los árboles, las montañas, le dieron la bienvenida de una manera cálida y sosegada. Conforme consumía km, sus angustias y sus miedos se fueron quedando atrás. Un indicador señalaba un pueblo: “Pontones. Nacimiento del  Rio Segura”. Cambió su rumbo y se dirigió allí.

El olor a pan y a dulces del pueblo le devolvió su niñez. Compró tortas de anís y piropeó a la vendedora, que con una sonrisa le dijo:

-Gracias. Pero vos sois…un poco malote.

Él le devolvió la sonrisa y se comió una torta, deleitándose con el sabor del ajonjolí que crujía en su boca. El camino le esperaba y fue a su encuentro, y el silencio le abrazó con dulzura. Un campo de flores silvestres le regaló olores y colores que colmaron de ilusión su corazón. Aceleró el paso para encontrarse con el Segura, que bajaba convertido en un torrente y le saludaba con el tintinar del agua.

Se sintió niño de nuevo y comenzó a correr, corría contra el tiempo para recuperar…no sabía qué. Llegó jadeante al nacimiento del rio y descubrió que lo estaba esperando, a él, sólo a él. Se sentó a contemplar el estanque, su contorno redondeado, su agua transparente. Como nadie le veía, le dio un beso lábil al árbol que lo cobijaba. Cuando se miró hacia dentro, descubrió que ya no era el mismo.

Se quedó mirando el estanque. Su forma le recordaba a una placenta humana, que le invitaba  a meterse en ella. Vio como salían burbujas del fondo y provocaban un inapreciable oleaje. Un cartel decía: “Prohibido bañarse”.

Miró hacia todos lados. No había nadie. Sus ojos se volvieron chispeantes, sus manos parecían tirillas que corrían de un lado a otro. El rio, zalamero, le llamaba.

Olvidó el cartel y desnudo, se sumergió en el agua.

miércoles, 27 de marzo de 2013



 EL PENDIENTE
La quietud de la tarde se vio rota por la tormenta y un trueno retumbó en toda la casa. La voz de su mujer inundó el salón.  Él la miró con desconcierto, no comprendía nada. Le mostraba una y otra vez su mano cerrada. Ante su asombro la abrió y en ella apareció un pendiente.  Uno sólo, huérfano y perdido en la mano de una mujer que no era su dueña.

Él lo había buscado, pero ella fue quien lo encontró. Permaneció callado porque no había espacio para sus palabras. De la boca de su compañera salían acusaciones de engaño, infidelidad, ruptura. Todas cargadas con la fuerza de la ira.

Quiso explicárselo, pero su voz se quedó a la puerta de sus labios. Descorazonado buscó en los ojos de ella algo que no fuera odio. Esperó encontrar una lagrima de dolor, pero las lagrimas aparecieron en los suyos, los de ella estaban secos. Buscó en su mirada la grieta que abre encontrarse con el desamor, pero fue su corazón el que se desgarró al no ver ningún rastro de cariño.

No supo cómo, pero el pendiente estaba en su mano. Hacía rato que la voz de su mujer pasaba a su lado y no lo rozaba. Su mente imaginaba la escena en la que una mujer sin rostro le besaba, le acariciaba hasta volverlo loco…en el pequeño espacio de un coche.

Las palabras callaron y llegó el silencio. Ella esperaba una explicación. No le contestó.  Se levantó despacio con el pendiente apretado en su mano y el frio en su interior. Camino del trabajo llovía, la luz se durmió en los brazos de las nubes, igual que aquella tarde cuando su amiga subió al coche y perdió el pendiente.

Ella no tenía paraguas y él, sólo la había acercado a su casa.